jueves, 1 de marzo de 2012

Rigor Mortis

 Suicidio. Un sentimiento tan horrible que te carcome por dentro y te hace sentir como basura. Envenena cuerpo, alma y finalmente tu cerebro se llena de dolor. Y allí, cuando la mente se ha convencido de que no eres nada, y la corrupción maneja a su antojo los hilos de tus neuronas. Ya eres prácticamente el títere de aquella sombra que llamamos depresión.
 El muñeco se derrota a sí mismo. La vida ya no le importa, a fin de cuentas ya no hay nada que pueda hacerlo olvidar. No existe esa tijera que lo devolverá a su plena conciencia. No. Ya no puede detenerse, el sujeto se auto conduce a su propio fin, cometiendo el último pecado…
 Su cuerpo se siente como cagada de pájaros, festín de gusanos que se pierde en la tierra. Pero ¿Qué es de aquella alma que atentó contra sí mismo? ¿Qué será de aquellos que antes de morir cometieron pecado?
 El títere llamado Sedrik, caminaba por las calles. Su paso arrastrado y melancólica mirada, alertaba que algo no andaba bien. Pero a nadie se le escapaba un “¿Qué te ocurre?” La calle de la ilusión, una mera fantasía que el paso dejó atrás. Con el alcohol en la cabeza y la sombra del fin acechándolo. Había puesto la rueda de su vida en marcha.
 Debía frenarla ahora que todavía tenía tiempo, pero, no lo haría porque un títere no tiene control sobre su ventrílocuo. Se lanzaría al vacío dejando a la luna manchada de sangre y a las estrellas lamentándose en su lecho.
 Sentía que ahora que la luna menguaba y desaparecía para no ser testigo ni jurado, ya no debía dudar. Fenecer no era peor que vivir.
 Los días que había vivido… Aquellos que comenzaron como un agradable sueño y que ahora le escupían en la cara diciendo que lo había arruinado todo, no podían haber terminado de esa forma. Un humano no puede luchar solo con la corrupción.
 Su casa, el lecho que lo cobijó y que ahora sería la última en verlo de pie, le parecía ver que abriéndole los brazos se entristecía.
- Debo apestar a alcohol hasta dentro de mi cabeza - pensó.
 Abrió aquella puerta tan familiar, que millares de veces en el pasado había soportado su pesado cuerpo a punto de caer. Dentro no existía signo de movimiento.
- Los viejos todavía no llegan - murmuró.
 Miró por última vez los rayados muebles, la fina tapicería, la alfombra sin un pedazo. Las huellas que su perro, ya enterrado, le dejó a las zapatillas y todo esto no hacía más que causar dolor en su corazón. Pero, no, él no iba a devolverse ahora. No era su estilo dar marcha atrás.
 Subió a trompicones las escaleras. Un agudo dolor de cabeza, provocado por el sobre exceso de alcohol, se manifestaba con una rabia profunda.
 Cuadros en los pasillos. Dulces escenas que el mismo pintaba y regalaba a su madre, eran reflejos ensombrecidos por la noche sin luna. Llegó frente a la puerta de caoba, era ahora o nunca, si entraba ya no saldría siendo material.
 Empujó bruscamente la puerta. Allí sobre una meza de ébano, iluminado por quién sabe qué cosa, estaba el rifle de cacería de su padre. Hasta ahora no había sido más que un arma de protección, la que lo había ayudado más de una vez. El salvador se convertía en asesino.
 Cargado el rifle, cerró los ojos. Colocó la boca de este dentro de la suya y dando un último aliento de esperanza, disparó.
 La luna terminó por salir. Menguante. Escondida tras las nubes, miraba aquel charco de sangre que dejaba una vida de ilusiones vacías.
 Las patrullas no demoraron en llegar. Las sirenas sonaban, produciendo un desgarrado lamento final. Todo había acabado.

                                                                                                                                       






¡Juguemos esta noche!

¡Ahhhhh! Veo que duermes esta noche, fue un día agotador, tanto ir y venir de tus piernas cansadas. Pero qué pasa ¿Por qué te revuelves en la cama tantas veces? No puedes conciliar un buen sueño, bueno, tu mente de forense tiene demasiada sangre y miembros cercenados para pensar en ovejas esponjosas. Déjame entonces ayudarte ¿Qué ocurre? ¿No confías en mí? Tranquila sólo soy la voz de tu subconsciente, soy tu camino de auto ayuda (…) bien ahora que he decidido que confías en mí, te contaré un cuento…
 Bien, imagina primero que eres una importante dama de la aristocracia del siglo XX, tus hermosos vestidos son la envidia de tus amistades, aquellos encajes de seda y ribetes hechos por artesanos chinos que con tantos problemas han conseguido traer ¿Lo has logrado? ¿Sientes la brisa revoloteando como una polilla molesta en tu escote? ¿La noche que hace que tu paraguas, imponente por cierto, se vea fuera de lugar? Toca la tierra con tus zapatos de tacón, los coches elegantes pasan muy cerca de ti. Bien, continuemos.
 Mientras caminas a la tertulia de la mano de tu esposo, oyes un grito en la lejanía, un bulto negro cae desde el techo de la estación central, y de pronto, todo queda en silencio. Las gárgolas sobre la techumbre son las únicas que pudieron ver el suceso. Inconscientemente te aferras al brazo de tu hombre, por alguna razón crees saber lo que ha pasado. Toda la gente comienza a arremolinarse, cuando consigues ver, debes llevar rápidamente tu mano a la boca evitándote vomitar ¿Puedes tocar todos esos ir y venir de tu diafragma? Las lágrimas se aprietan en tus ojos y debes sentirte miserable, ve, contémplalo. Es uno de tus sirvientes. Busca el cuadro de la película de terror más sombría que encuentres y recrea esta imagen. Su cuerpo viejo y la sangre coagulada en las extremidades emanaban un olor que hacía que la gente se mantuviera a metros de distancia ¿Estás bien para seguir? Si, lo estás.
 La conmoción da paso a la histeria, los transeúntes aterrados se retiran y tú, siguiendo lo que te he dicho lo haces igualmente. Pero volverás, horas más tarde cuando todos se hayan ido, cuando el crepúsculo no sea más que una mancha naranja en el cielo. Que regalo tan grande te ha dado la fortuna, un misterio en pleno siglo XX, tus años favoritos. Vuelves a colocarte en el exacto lugar donde descansaba el cuerpo, tienes una pistola bajo la falda y un cuchillo en el escote ¿Fantasía o realidad? Qué importa, es un cuento (…)
 Entras, a parte del sonido de tus propios pasos y la bruma viajera que comienza su tour buscando a quien absorber, no hay nada más que un grupo de borrachos hundiéndose en un charco de brea negra. La sangre que pudo salpicarse en las paredes son meras manchas cafés y los trenes descansan, suspendidas sus jornadas por ese día. De pronto, un fierro cae muy cerca de ti. De no haber frenado de improviso tú… Sacas tu pistola y le apuntas a las vigas sobre el techo, una sombra se escapa ágil por entre ellos y sólo puedes distinguir un par de ojos rojos. Comienzas a perseguirla, las balas le rozan levemente pero ninguna llega a tocarla, te emocionas, te estresas ¡Te exijo que sea lo único que puedas sentir! Pues al momento que la sombra entra a un vagón, el miedo pudo haberte engullido.
 La historia nos está resultando muy bien, fíjate en lo real que se siente. Dentro del vagón la sombra ha dejado sus llagas, la madera arañada destapa un olor a vinagre, los asientos de cuero te hacen eco, reclamándote por el aroma a cigarro que se impregnó en ellos. Si pudieras aterrarte, las películas de Resident Evil te hubieran servido de guía y los ruidos de protesta del tren te enloquecerían. Caminas por… ¿Qué? ¿Te detienes? Entiendo, te preocupa la cortada que te hiciste al tropezar con las escalinatas, el pinchazo en tus músculos y el tacto gelatinoso de la sangre deslizándote por tu pierna te son muy reales. Calma, decidí que confiabas en mí y yo decido que debes caminar por los pasillos del vagón.
 Al llegar a la mitad del vagón escuchas como una roca cae al suelo, no sabes de donde viene ¿Yo? Lo siento no puedo ayudarte. El silencio nauseabundo hace un apretón en tu corazón, las lámparas que encienden y apagan te hacen respirar más fuerte. Llegas a la puerta de cambio de vagón, la abres lentamente atendiendo a cada sonido que hace la madera al moverse, y, cuando ya está totalmente corrida, ves que del otro lado no hay nada ¿Bajarte del vagón dices? Puede que sea la mejor opción, tu ánimo de resolver el misterio se deshoja, hay una fuerza aún más grande que te hace temblar. Ahora, visualízate recorriendo los galpones, la sombra te persigue pero cada vez que volteas para mirarla ya no está.
 ¡Ja, ja! Lo has conseguido, round tres, la sinfonía final. El arma tiembla en tus manos al tratar de apuntar, el cuerpo de tu mayordomo no está muy lejos, entero, sin ningún cambio. Retrocedes un paso, ¡vamos, déjate llevar por esta sensación! Así me es más entretenido hilar una idea. Tus ojos como árboles caídos acompañan en la orquesta a tu corazón en carrera, es una melodía hermosa, el pánico transfigurándose en algo palpable. Miras esos ojos rojos y te hago llegar una imagen a la que no le prestaste mucha atención. Lo recuerdas, al entrar hace media hora, el techo estaba vacío. Y la sinfonía fúnebre entra en tu mente sin tocar la puerta.
¿Te cuento algo? Si, mató de un susto a tu viejo sirviente ¿Te cuento algo? Quiere jugar contigo ¿Te cuento algo? Usa la misma técnica todas las noches para atraer presas ¿Te cuento algo para que recuerdes el pánico? Yo, también uso la misma estrategia ¿Te cuento algo mientras avanzo hacia ti buscando a mi nuevo juguete? No servirán de nada tus balas, a fin de cuentas yo te di tus armas, sé como piensas. Yo soy esa gárgola. Pero alégrate quizás pronto sepas como es el paraíso ¿Vamos a la última página? No ruegues ni digas “esto es la fantasía”, mantén los ojos siempre abiertos, pues tu mente lo ha sentido tan claro, pues fue tan bueno y palpable el relato que tu realidad ha puesto el punto final.

Hormiguero

 El viento es lo único que entra por el diminuto agujero en la pared. Afuera, un clima siempre húmedo que nos recuerda que no hay escapatoria. Nunca vienen a visitarme, no tengo familia. Desde que puedo evocar me he criado en este ambiente hostil, en espera de la silla eléctrica.
 ¿De dónde soy? No lo recuerdo. Pero la razón de estar aquí, sólo un mal juego del destino. El piso retumba tras los pasos de los persecutores, los látigos golpean las piedras negras alertándonos de la hora del baño. Cuando esto ocurre siento que lloro. No sé el por qué, pero el agua rozando mi piel me arruga el rostro. Aterrador. Me asusta cómo pasa el tiempo ¿Acaso toda mi vida veré como ese gusano se peina el bigote? Tiemblo, me angustio… No seré más que una pasa, como cualquier otra, en un bol de desayuno.
 Avanzamos todos juntos por los pasillos atestados de perros rabiosos. En las duchas nadie recordaba lo que era el pudor, nos lavábamos desnudos y sin cortinas que ofuscaran nuestros cuerpos de los otros. Aún así, nunca me ha parecido extraña tal forma de acción. Me crié aquí y jamás me bañé solo, pero hay otros que se lamentan todos los días diciendo que estas no son las condiciones en las que un humano debe vivir. Pero ¿Realmente allá afuera se puede decir quién eres? Me parece absurdo, aquí todo ya está predestinado y no eres más que una hormiga.
Siempre es igual, el agua fría me dilata los tendones haciéndolos más fructíferos para la faena. Nos vapulean mientras acarreamos piedras y cavamos zanjas, pero el dolor ya no es más que un reflejo. Jamás usé zapatos, y los que llegan aquí no calzan más que lengüetas de cuero. Apenas conozco tal prenda, los captores son los únicos que protegen sus pies.
 De repente… La calma se rompe y dan paso a los llantos. Los chispazos bajos no se dan a la espera, son profesionales. Saben exactamente en qué parte del cuerpo electrizar, para causar un dolor peor que la muerte. Sólo una vez fui torturado, las marcas de herraduras ardientes  me recuerdan que jamás debo insultar a un oficial.
Tenemos veinte minutos de recreo todos los días. Sentados en un taburete, los siameses se duermen pasando la infección dental. A mi lado hay un viejo, su estómago se contrae de hambre, impidiéndome pensar claramente. No son muchos los que frecuento, un día ves a alguien y al otro ya no existe.
 Si pudiera volver a nacer no escogería el año 1938, pero no cambiaría a mi madre. Aún recuerdo como me cuidó, hacía lo que los perros le dijeran sólo para conseguir un poco más de pan. Engordarse, y poder estimular así sus pechos para alimentarme. Nací en su celda. Sola, con ayuda de una vieja de manos temblorosas me dio a luz. Desde aquí, he de recordar como todas las mujeres veían en mí a los hijos que lloraban. Hijos que los nazis habían calcinado.
 Vino entonces la tempestad. Los racistas la persiguieron hasta su último aliento. Dieron con ella en una pocilga, escondida como muchos otros que querían sobrevivir. La jalaron del cabello y la introdujeron a patadas al camión de reciclaje, yo aún no estaba entre sus planes. Lloraba a mares comiéndose las uñas, presa de una angustia irreprimible. Nadie pensaba en ella, le dolía saber que no vería a su padre envejecer. O aún peor, era que debía despedirse del sol. Yo seguía sin estar entre sus anhelos.
 Encerrada con muchas otras mujeres, obligada a desvestirse para requisar que nada viniera con ella. Creyó que no conseguiría sobrevivir más de dos meses, y seguía sin querer tener un hijo. Pero que a Hitler le asqueen los judíos, no tiene que ser así con todas sus mascotas. Fue vivir la tortura en carne propia, sentir como la fortaleza de carácter le jugaba en contra. Los insultos traían manos, ajenas, que no tenían piedad con su pellejo. Hasta que todos los maltratos le florecieron más tarde en el vientre, nueve meses después nací.
 Pasan las horas a marcha de días. Me repugna el olor a tierra húmeda todas las mañanas, cadáveres descompuestos lanzados a una fosa común. Años que pasan con el peltre en los pies, viendo la miseria humana en los trenes que minuto a minuto llegan rebosantes de sardinas.
 No es agradable oír como los judíos gritan. Vienen hacinados en tropeles, duermen de pie o sobre las escasas pertenencias que les quedan. Algunos igual me dan lástima, rostros escamosos y ensangrentados que se aferran a los últimos recuerdos que poseen. No son capaces de entender que de nada les sirven, este lugar se encarga por sí mismo de lavarte el cerebro. Un viejo ruega a un oficial que le deje conservar su pipa, fue un regalo de su mujer y si no fuma pierde muy luego la cordura.
 Pobre ingenuo, los hombres de afuera son débiles. Acostumbrados a la existencia fácil no ven las nubes negras. Me cuesta entender la vida, debe ser porque he vivido una sola realidad. Quizás soy frío. Un judío de ojos verdes que barre los escombros de sus compañeros sin inmutarse, las cenizas que caen al piso. Se me ha acusado de ser una carcasa sin vida, un ególatra dominado por las circunstancias. Y puede que lo sea, pero no puedes pedir otra cosa en un campo de concentración.
 Hoy es mi turno de limpiar las láminas de madera corroídas que llaman cuarto, sobornamos todos los días al mismo gendarme para que nos deje turnarnos y así descansen los fatigados. Como soy el más joven siempre me llevo la peor de las partes, pero la paga es buena, dulces de menta que aroman mi aliento. Cuidando así del último dejo de humanidad que nos queda, la única de forma de sentir que eres algo más allá de este sistema de germanos malditos.
 Mientras barro, veo un bulto pequeño bajo los catres. Me aproximo con cautela para descubrir en el a un niño, un infante que apenas si ha cumplido los cinco años. Es raro… hasta hace poco yo era el de menor edad en las instalaciones ¿Habrá sido reparado de su madre recientemente? Es posible, no sería extraño saber que éstos no han perdido sus costumbres abusadoras. Mirarlo me hace pensar en mí. Como un pobre merenguito que fue separado del seno de su madre, obligado a ser un soldadito en un juego de adultos. Tiembla como rebalsado por el miedo, igual cuando yo recién arribé aquí. A fin de cuentas los primeros años me mantuve con vida gracias a la lástima que les inspiró mi madre, cuando me sacaron de su pecho enflaquecido. Pidió una condena, un castigo. Estuvo dispuesta a todo por mantenerme a su lado. Pero con cinco años necios, yo ya era todo un hombre.
 Tal vez me parezco a mi abuelo, a mi abuela; tengo el cabello de mi madre y el caracho de mi padre.
 Mi progenitor… creo que ya lo he visualizado. Se pasea por aquí como uno más, con su bayoneta al hombro, no puede observar otra cosa que a su hijo crecer. Siempre al corriente de lo que hago, busca la excusa perfecta para enviarme a la hoguera, la forma más factible de deshacerse de mí.
¡Corre, sólo corre pequeño engendro! Escapar… salir a la vida. Alejarse lo más posible de esa atmósfera tan reductora. Sobresaltar el sendero de mucosa diseñado para una hormiga obrera, aunque este sea tu último intento.
 No querer más que un simple escape, salir lanzado a la intemperie al mínimo esbozo de un descuido de los perros. Mis manos sudan por cada pisada que no es mía, calma, quietud, oscuridad, la angustia de ser apresado de nuevo. Me deslizo a ras del suelo con la tierra apegándoseme a las heridas de hace apenas tres días.
<< - ¡No vuelvas a llamarme padre! No tienes el derecho a haber nacido, no eres más que un tronco, una astilla podrida que se prenderá en la hoguera -
- Ahora dices que soy escoria… ¿No te gustó haber abusado de mi madre? - grité descargando mi furia.
 Fueron la sucesión de golpes con la culata de su arma los que me lanzaron al piso, produciendo en mí un corto circuito temporal. Me pateaba con la sorna de un padre avergonzado de su hijo, un mal concebido producto de la inferioridad hacia los judíos. El castigo humano, la culpa, la justicia divina que te condena a sufrir por lo que has hecho. Ver a un indeseado pasearse como una sombra acechante, que no te deja descansar.
- ¡Lo peor que pude haber hecho fue engendrarte! - las palabras hirientes rebotaban en mí como un simple resorte, mucho ruido y pocas nueces >>
 Ahora con el sabor a tierra en la boca, me escondo tras los árboles para ocultarme de las luces de caza. El frío es abrumador pero no puedo dar marcha atrás, me tomó demasiado tiempo conseguir una oportunidad como esta. No quiero seguir escuchando gritos aterrados, ver cadáveres y personas que nunca vuelven a levantarse. Camino por entre las laderas escarpadas sujetándome el brazo que quedó enganchado en el alambre de púas, por primera vez agradezco andar descalzo. Mis pies están tan lastimados que ya me son imperceptibles. Siento la noche caer sobre mí, es bella pero me aterra darme cuenta de mi soledad. Avanzo entre la bruma dejando lugares conocidos, veo sólo caminos polvorientos, no hay rastro de aquel poblado de rectángulos de concreto alzados, la llamada “ciudad”. Cansado, sin nada a lo que aferrarme, me duermo a un lado de la calzada oculto bajo un grupo de arbustos.
 Retumba un neumático en el suelo. A la mañana siguiente despierto sobresaltado al oír un coro de bocinas muy cerca de mí. Son los alemanes. Siguen pisándome los talones, nadie escapa a su control absoluto. Caigo a tierra en reiteradas ocasiones, aún no consiguen verme pero es cuestión de tiempo para que reparen en la hormiga que se salió de la fila. Maniobro por la hierba esquivando las rocas, frente a mí hay un muro que no pienso dos veces en trepar. Pero no es una buena decisión, un peñasco resbala en mal momento cayendo en el capó de una de las máquinas persecutoras. En sólo minutos veo como todos los ojos carroñeros se posan en mí, aterrador. Fue una mala jugada, un fracaso en verdad. Una oportunidad a la deriva.
 Me lanzo en contra de la gradiente cayendo todo mi peso sobre el talón izquierdo, un hueso menos. A rastras consigo llegar a una columna de piedra que sostiene mi cuerpo a punto de caer. Estoy agotado, mareado y con unas ganas irreprimibles de conocer el mundo. Mamá te extrañaré, si es que todavía soy algo para ti. Pensar que fuiste mi sostén por muchos años, quizás abandonarte no sea la mejor decisión. Pero, no sé si sigues con vida y no querrías que tu hijo siguiera siendo presa de estos perros racistas. Veo una carreta detenerse en un punto clave, a menos de cincuenta pasos de la libertad. Ya queda poco…