jueves, 1 de marzo de 2012

Hormiguero

 El viento es lo único que entra por el diminuto agujero en la pared. Afuera, un clima siempre húmedo que nos recuerda que no hay escapatoria. Nunca vienen a visitarme, no tengo familia. Desde que puedo evocar me he criado en este ambiente hostil, en espera de la silla eléctrica.
 ¿De dónde soy? No lo recuerdo. Pero la razón de estar aquí, sólo un mal juego del destino. El piso retumba tras los pasos de los persecutores, los látigos golpean las piedras negras alertándonos de la hora del baño. Cuando esto ocurre siento que lloro. No sé el por qué, pero el agua rozando mi piel me arruga el rostro. Aterrador. Me asusta cómo pasa el tiempo ¿Acaso toda mi vida veré como ese gusano se peina el bigote? Tiemblo, me angustio… No seré más que una pasa, como cualquier otra, en un bol de desayuno.
 Avanzamos todos juntos por los pasillos atestados de perros rabiosos. En las duchas nadie recordaba lo que era el pudor, nos lavábamos desnudos y sin cortinas que ofuscaran nuestros cuerpos de los otros. Aún así, nunca me ha parecido extraña tal forma de acción. Me crié aquí y jamás me bañé solo, pero hay otros que se lamentan todos los días diciendo que estas no son las condiciones en las que un humano debe vivir. Pero ¿Realmente allá afuera se puede decir quién eres? Me parece absurdo, aquí todo ya está predestinado y no eres más que una hormiga.
Siempre es igual, el agua fría me dilata los tendones haciéndolos más fructíferos para la faena. Nos vapulean mientras acarreamos piedras y cavamos zanjas, pero el dolor ya no es más que un reflejo. Jamás usé zapatos, y los que llegan aquí no calzan más que lengüetas de cuero. Apenas conozco tal prenda, los captores son los únicos que protegen sus pies.
 De repente… La calma se rompe y dan paso a los llantos. Los chispazos bajos no se dan a la espera, son profesionales. Saben exactamente en qué parte del cuerpo electrizar, para causar un dolor peor que la muerte. Sólo una vez fui torturado, las marcas de herraduras ardientes  me recuerdan que jamás debo insultar a un oficial.
Tenemos veinte minutos de recreo todos los días. Sentados en un taburete, los siameses se duermen pasando la infección dental. A mi lado hay un viejo, su estómago se contrae de hambre, impidiéndome pensar claramente. No son muchos los que frecuento, un día ves a alguien y al otro ya no existe.
 Si pudiera volver a nacer no escogería el año 1938, pero no cambiaría a mi madre. Aún recuerdo como me cuidó, hacía lo que los perros le dijeran sólo para conseguir un poco más de pan. Engordarse, y poder estimular así sus pechos para alimentarme. Nací en su celda. Sola, con ayuda de una vieja de manos temblorosas me dio a luz. Desde aquí, he de recordar como todas las mujeres veían en mí a los hijos que lloraban. Hijos que los nazis habían calcinado.
 Vino entonces la tempestad. Los racistas la persiguieron hasta su último aliento. Dieron con ella en una pocilga, escondida como muchos otros que querían sobrevivir. La jalaron del cabello y la introdujeron a patadas al camión de reciclaje, yo aún no estaba entre sus planes. Lloraba a mares comiéndose las uñas, presa de una angustia irreprimible. Nadie pensaba en ella, le dolía saber que no vería a su padre envejecer. O aún peor, era que debía despedirse del sol. Yo seguía sin estar entre sus anhelos.
 Encerrada con muchas otras mujeres, obligada a desvestirse para requisar que nada viniera con ella. Creyó que no conseguiría sobrevivir más de dos meses, y seguía sin querer tener un hijo. Pero que a Hitler le asqueen los judíos, no tiene que ser así con todas sus mascotas. Fue vivir la tortura en carne propia, sentir como la fortaleza de carácter le jugaba en contra. Los insultos traían manos, ajenas, que no tenían piedad con su pellejo. Hasta que todos los maltratos le florecieron más tarde en el vientre, nueve meses después nací.
 Pasan las horas a marcha de días. Me repugna el olor a tierra húmeda todas las mañanas, cadáveres descompuestos lanzados a una fosa común. Años que pasan con el peltre en los pies, viendo la miseria humana en los trenes que minuto a minuto llegan rebosantes de sardinas.
 No es agradable oír como los judíos gritan. Vienen hacinados en tropeles, duermen de pie o sobre las escasas pertenencias que les quedan. Algunos igual me dan lástima, rostros escamosos y ensangrentados que se aferran a los últimos recuerdos que poseen. No son capaces de entender que de nada les sirven, este lugar se encarga por sí mismo de lavarte el cerebro. Un viejo ruega a un oficial que le deje conservar su pipa, fue un regalo de su mujer y si no fuma pierde muy luego la cordura.
 Pobre ingenuo, los hombres de afuera son débiles. Acostumbrados a la existencia fácil no ven las nubes negras. Me cuesta entender la vida, debe ser porque he vivido una sola realidad. Quizás soy frío. Un judío de ojos verdes que barre los escombros de sus compañeros sin inmutarse, las cenizas que caen al piso. Se me ha acusado de ser una carcasa sin vida, un ególatra dominado por las circunstancias. Y puede que lo sea, pero no puedes pedir otra cosa en un campo de concentración.
 Hoy es mi turno de limpiar las láminas de madera corroídas que llaman cuarto, sobornamos todos los días al mismo gendarme para que nos deje turnarnos y así descansen los fatigados. Como soy el más joven siempre me llevo la peor de las partes, pero la paga es buena, dulces de menta que aroman mi aliento. Cuidando así del último dejo de humanidad que nos queda, la única de forma de sentir que eres algo más allá de este sistema de germanos malditos.
 Mientras barro, veo un bulto pequeño bajo los catres. Me aproximo con cautela para descubrir en el a un niño, un infante que apenas si ha cumplido los cinco años. Es raro… hasta hace poco yo era el de menor edad en las instalaciones ¿Habrá sido reparado de su madre recientemente? Es posible, no sería extraño saber que éstos no han perdido sus costumbres abusadoras. Mirarlo me hace pensar en mí. Como un pobre merenguito que fue separado del seno de su madre, obligado a ser un soldadito en un juego de adultos. Tiembla como rebalsado por el miedo, igual cuando yo recién arribé aquí. A fin de cuentas los primeros años me mantuve con vida gracias a la lástima que les inspiró mi madre, cuando me sacaron de su pecho enflaquecido. Pidió una condena, un castigo. Estuvo dispuesta a todo por mantenerme a su lado. Pero con cinco años necios, yo ya era todo un hombre.
 Tal vez me parezco a mi abuelo, a mi abuela; tengo el cabello de mi madre y el caracho de mi padre.
 Mi progenitor… creo que ya lo he visualizado. Se pasea por aquí como uno más, con su bayoneta al hombro, no puede observar otra cosa que a su hijo crecer. Siempre al corriente de lo que hago, busca la excusa perfecta para enviarme a la hoguera, la forma más factible de deshacerse de mí.
¡Corre, sólo corre pequeño engendro! Escapar… salir a la vida. Alejarse lo más posible de esa atmósfera tan reductora. Sobresaltar el sendero de mucosa diseñado para una hormiga obrera, aunque este sea tu último intento.
 No querer más que un simple escape, salir lanzado a la intemperie al mínimo esbozo de un descuido de los perros. Mis manos sudan por cada pisada que no es mía, calma, quietud, oscuridad, la angustia de ser apresado de nuevo. Me deslizo a ras del suelo con la tierra apegándoseme a las heridas de hace apenas tres días.
<< - ¡No vuelvas a llamarme padre! No tienes el derecho a haber nacido, no eres más que un tronco, una astilla podrida que se prenderá en la hoguera -
- Ahora dices que soy escoria… ¿No te gustó haber abusado de mi madre? - grité descargando mi furia.
 Fueron la sucesión de golpes con la culata de su arma los que me lanzaron al piso, produciendo en mí un corto circuito temporal. Me pateaba con la sorna de un padre avergonzado de su hijo, un mal concebido producto de la inferioridad hacia los judíos. El castigo humano, la culpa, la justicia divina que te condena a sufrir por lo que has hecho. Ver a un indeseado pasearse como una sombra acechante, que no te deja descansar.
- ¡Lo peor que pude haber hecho fue engendrarte! - las palabras hirientes rebotaban en mí como un simple resorte, mucho ruido y pocas nueces >>
 Ahora con el sabor a tierra en la boca, me escondo tras los árboles para ocultarme de las luces de caza. El frío es abrumador pero no puedo dar marcha atrás, me tomó demasiado tiempo conseguir una oportunidad como esta. No quiero seguir escuchando gritos aterrados, ver cadáveres y personas que nunca vuelven a levantarse. Camino por entre las laderas escarpadas sujetándome el brazo que quedó enganchado en el alambre de púas, por primera vez agradezco andar descalzo. Mis pies están tan lastimados que ya me son imperceptibles. Siento la noche caer sobre mí, es bella pero me aterra darme cuenta de mi soledad. Avanzo entre la bruma dejando lugares conocidos, veo sólo caminos polvorientos, no hay rastro de aquel poblado de rectángulos de concreto alzados, la llamada “ciudad”. Cansado, sin nada a lo que aferrarme, me duermo a un lado de la calzada oculto bajo un grupo de arbustos.
 Retumba un neumático en el suelo. A la mañana siguiente despierto sobresaltado al oír un coro de bocinas muy cerca de mí. Son los alemanes. Siguen pisándome los talones, nadie escapa a su control absoluto. Caigo a tierra en reiteradas ocasiones, aún no consiguen verme pero es cuestión de tiempo para que reparen en la hormiga que se salió de la fila. Maniobro por la hierba esquivando las rocas, frente a mí hay un muro que no pienso dos veces en trepar. Pero no es una buena decisión, un peñasco resbala en mal momento cayendo en el capó de una de las máquinas persecutoras. En sólo minutos veo como todos los ojos carroñeros se posan en mí, aterrador. Fue una mala jugada, un fracaso en verdad. Una oportunidad a la deriva.
 Me lanzo en contra de la gradiente cayendo todo mi peso sobre el talón izquierdo, un hueso menos. A rastras consigo llegar a una columna de piedra que sostiene mi cuerpo a punto de caer. Estoy agotado, mareado y con unas ganas irreprimibles de conocer el mundo. Mamá te extrañaré, si es que todavía soy algo para ti. Pensar que fuiste mi sostén por muchos años, quizás abandonarte no sea la mejor decisión. Pero, no sé si sigues con vida y no querrías que tu hijo siguiera siendo presa de estos perros racistas. Veo una carreta detenerse en un punto clave, a menos de cincuenta pasos de la libertad. Ya queda poco…

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